01 agosto 2006

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20 febrero 2006

guanaja

GUANAJA
joan marcet

Guanaja, la más intacta de las Islas de la Bahía. Me quedan recuerdos de dos días en el Caribe hondureño más transparente y una pequeña marca en un costado, como obsequio de una maldita y traidora medusa de lo más urticante. Me picó una aguamala cuando más tranquilo estaba en el agua, solo, por la noche. La muy sangrona!
Fué un fin de semana memorable. Invitados en la privilegiada casa de Sue Hendrikson, la paleontóloga y ahora arqueóloga submarina, descubridora hace años de los restos del Tiranosaurio Rex más grande y más completo jamás hallado. Este hecho convierte a Sue en miembro del exclusivísimo club de personas que han prestado su nombre a algún objeto de estudio científico, ya sea un planeta, un microbio o, en este caso, un fósil antediluviano. Sue andaba en uno de sus viajes, pero nos prestó su casa para que pudiéramos recorrer con tiempo y detalle los alrededores y documentar, y eventualmente denunciar, un proyecto gubernamental para construir una carretera turística sobre un paisaje de innegable valor ecológico. Ese era el plan. Y para hacer todo más fácil, ejercía de anfitrión mi mejor amigo en Honduras e íntimo de Sue, Tulio Monterroso, sobrino predilecto de Don Tito.
-El buen Tulio, pensé, toda su vida perseguido por dinosaurios ajenos.
La casa de Sue es un retiro en el paraíso, construida con maderas nobles, rodeada de vegetación tropical y con terrazas que miran hacia las aguas verde turquesa, transparentes, que invitan a sumergirse y a dejarse acariciar, durante horas, por sus olas lánguidas. Con los perros de Sue, labradores y pastores alemanes por todos lados, dentro y fuera de la casa, debajo de los sillones y arriba de los sofás. Un par de cervatillos, criados en libertad en la casa, le acaban de dar al lugar su aire de edén perdido y tropical. Los ciervos andan todo en día con los perros, arriba y abajo, y da la sensación de que se consideran más perros que ciervos. Un labrador se pasa diez minutos lamiéndole los dientes al ciervo pequeño que tiene aún las manchas blancas de la primera juventud. Una limpieza bucal envidiable.
Regresamos cuando ya casi anochecía de filmar la carretera polémica y la zona de manglares cercanos al arrecife, las zonas naturales a las que el proyecto turístico podía herir de muerte. Las puestas de sol sobre el Caribe pueden ser de un color rojo intenso y aquel crepúsculo era flamígero y casi irreal. Mis colegas descargaron los equipos del fueraborda y empezaron a ascender por la estrecha y empinada cuesta de cemento que conduce desde la playa hasta la casa, que domina toda la zona. Yo me quedé rezagado en el embarcadero y me dejé tentar por las aguas tranquilas y cálidas de la última hora del día. Me metí en el agua y me tumbé sobre la arena, como un cocodrilo varado en la orilla, mecido por el agua que se volvía más oscura por minutos.
Panza arriba, el cielo se veía limpio, aunque solo se distinguían dos estrellas, grandes, luminosas. Bajaron desde la casa tres de los perros de Sue y me miraron curiosos desde el pequeño muelle de madera. Uno de ellos, un labrador feote de cara, de mandíbula inferior muy pronunciada, con los dientes que le asomaban y le otorgaban un aspecto de bulldog muy divertido, chapoteó despacio y se sentó a mi lado, mojándose las nalgas y medio lomo. Nos olfateamos mutuamente como saludo y se quedó muy cerca, mirando hacia la vegetación de la orilla, vigilante y solidario. Yo, con un público tan poco exigente, me animé a canturrear, mirando al cielo:
Buscaré la estrella Que brillaba en tus ojos Le daré mi mano Y le pediré Que su luz Me lleve a ti…..tralará, lara
¿En quien pensaba en ese momento? Hacia quien volaron mis pensamientos? No podría decirlo con seguridad. Hacia nadie en particular, supongo, aunque algunas imágenes vinieron a reunirse conmigo, con la misma naturalidad que el labrador con cara de bulldog. Llegó noche y las dos estrellas se hicieron dos farolas minúsculas. Y en ese momento, ayayayay, me picó la aguamala. Uuuggfffggg!! Salí del agua dando botes, auuyyya, uuufffggff, recogí la ropa como pude, uscchff ayyyy!! subí la cuesta corriendo y me refugié, sin aliento, bajo el agua fría de la ducha. Me ha picado algoooo, les gritaba a los colegas que me habían visto pasar por la terraza como un petardo borracho.
Date una friega con orina, aconsejaba uno.
Ni dudes – apoyaba otro- el pipí es lo mejor en estos casos.
Yo, que acababa de soltar una larga meada dentro el agua poco antes del ataque del bicho irritante, no tenía muchas reservas.
Vale, vale, iba dando largas, aunque por suerte me quedaba un poco de líquido en la vejiga y me hice una friega de urgencia. Acido úrico de fabricación natural, calentito y un poco viscoso. Qué alivio!
Y los colegas: Ya te has dado? Te has puesto pis? Insistían
A mi, en un ataque de pudor excesivo, me daba rabia que todos se pudieran representar la escena del masaje urinario bajo la ducha.
Bueno, es que ahora mismo… yo…no…, despistaba azorado.
Fue peor, porque, de inmediato medio en broma, medio en serio, todos se ofrecieron a prestarme un poco de su pis, lo cual no tenía mucho mérito porque llevaban casi una hora bebiendo cervezas . En un alarde de generosidad también se ofrecieron a mearme encima, en vivo.
Puedes escoger, añadían jocosos, tienes meada de todos los países.
Y era verdad: dos mejicanos, un francés-canadiense, dos hondureños y un salvadoreño. Y todos bien dispuestos a mearse en este pobre europeo.
No gracias! ya me siento mejor, iba diciendo
Oye, qué no pasa nada, protestó Tulio. Solo es un tratamiento de “orinoterapia”!
En tu país, cabrón, aullé, En el mío le llamamos “lluvia dorada”!!
Continuaron bebiendo cerveza en los sillones de madera encarados en batería hacia el horizonte ya negro, hablando de bichos ponzoñosos y de la carretera turística, de la especulación, de la corrupción de los políticos. Yo me sumé después a la ronda, pensando en que – je, je,- antes de meterme en la cama podría dame otro tratamiento de refuerzo.

el monstruo de guatemala

El monstruo de Guatemala
Joan Marcet

“¿Has estado en Guatemala y no has visto al monstruo?” Casi me gritó Ton, divertido, haciéndose el incrédulo. “Qué monstruo?”, dije distraído, intentando recordar a qué se podía referir. “¡El monstruo de Guatemala! ¡Guatemala Monster!, ¿no te acuerdas?”. Sí. Ya me acordaba.Siempre me sentí atraído por los monstruos de las barracas de feria. Eran inevitables en las atracciones ambulantes que se instalaban en la plaza mayor en el Rubí de mi infancia. Une vez presentaron a “la asombrosa niña serpiente” . El altavoz de la barraca, medio en penumbras, repetía una y otra vez. Contemple este increíble ser, objeto de la curiosidad científica, procedente de la selva amazónica: mitad niña..., mitad serpiente!!.Una vez dentro del precario recinto, de madera, tras prolegómenos de verborrea y música que pretendía ser misteriosa, descubríamos al supuesto fenómeno: Al final de un tosco y alargado cuerpo escamoso, enrollado en el tronco de un árbol de atrezzo, asomaba la cabeza una jovencita tocada con unas trenzas ridículas. Un montaje burdo que no arrancaba ni un miserable oohh!! entre un público regocijado y con ganas de fiesta.Pero el maestro de ceremonias, impertérrito, redondeaba la función con un nuevo envite a los presentes. AHORA usted puede formular una pregunta a la niña serpiente. Mi hermano Ton, que ya de niño era algo lanzado, levantó la mano y le lanzó, sonriente, a la muchacha un ¿Qué haces esta noche?. Vete a la mierda!! fue la rauda y nada científica respuesta de la monstruosa falaz.Hubo otros monstruos en mi vida. Algunos me llegaron de referencia. Al poco de recalar en México para hacerme cargo de la corresponsalía de Televisión Española, Adolfo, mi camarógrafo, me contó como de muchacho, junto a sus cuates, se dedicaba a hostigar a un supuesto Gorila Tanzano Gigante que los feriantes presentaban enjaulado como el ser más peligroso jamás llegado hasta los llanos de Oaxaca. El infeliz que se ganaba el sustento dentro del peludo disfraz soportaba horas de befas humillantes, gestos de desafío y el asedio contumaz de aquellos adolescentes sin freno. Todo ello agravado por las tórridas temperaturas del verano oaxaqueño. Los gruñidos y golpes contra los barrotes solo servían para estimular las ganas de gresca de la pandilla.No cejaban en e asedio hasta que al final el falso primate se desenfundaba la sudada máscara simiesca y con la otra mano en la cintura exclamaba:— ¡Órale chavos, dejen trabajar!El monstruo de Guatemala no llegó a mí durante esa infancia de calle y domingos aburridos en Rubí, sino muchos años más tarde.Estaba en Galicia, cubriendo la catástrofe del Prestige, que había convertido todo el litoral del norte en un reducto de toneladas de pestilente engrudo tóxico.Un día estábamos en Corcubión, en la Costa da Morte, reportajeando el despliegue de tropas del ejército que acababan de llegar por mar para participar en la limpieza de las playas. Yo memorizaba ¡ni entradilla en cámara en voz alta En esta costa han desembarcado efectivos del ejército de tierra, transportados en el buque anfibio Pizarro...Repetía la entradilla una y otra vez mientras el equipo acababa de ajustar un foco de luz que reforzara el efecto de aquella hora crepuscular.Con cada repetición exageraba el tono del recitado, haciendo el ganso, hasta convertirlo en una letanía caricaturesca, próxima al estilo disparatado de los narradores en las viejas series de dibujos animados. Un anciano lugareño me escuchó Y debió sentir que un resorte de su memoria se activaba. Se me acercó, afable y soltó de corrido su propio discurso:—¡El monstruo de Guatemala! Guatemala Monster. Rescatado de una cueva, en un seísmo, por el ejército americano!Por unos segundos creí ver al niño que estaba atrapado en el cuerpo de aquel respetable señor. Me fascinaba el modo como bajaba el tono de la voz en el momento del “Guatemala Monster”, susurrando y alargando la última sílaba Monsteeeeer!!!, buscando un efecto siniestro y misterioso.El monstruo de Guatemala se convirtió un jocoso referente durante todo ese viaje gallego. En decenas de noches lluviosas, mientras atravesábamos remotas, oscuras aldeas, solíamos invocarle:—A ver si se nos va a aparecer por aquí el Monstruo de Guatemala!,soltaba uno a otro, mientras recorríamos oscuros parajes, entre niebla y viento camino del hotel. De regreso a casa, el nuevo monstruo se convirtió en una anécdota recurrente en cenas de familia y amigos.Casi dos años después aterricé por primera vez en Ciudad de Guatemala con el fin de informar sobre las elecciones presidenciales que, finalmente ganó el derechista Oscar Berger. Pero uno de los candidatos era Efraín Ríos Montt, quien veinte años antes fue dictador golpista del país, personaje central durante la guerra Sucia en la que el ejército y los paramilitares asesinaron a decenas de miles de personas. Eran los tiempos de las masacres impunes en las aldeas indígenas de Santa Anita de las Canoas, en la que los soldados torturaron toda la noche a los lugareños para acabar ejecutándoles a la mañana siguiente Sus gritos resuenan aún, como los de los campesinos acribillados en la matanza de Plan de Sánchez, en 1982. Hubo más de cuatrocientas acciones como estas durante la dictadura de Ríos Montt. Años más tarde cuando su partido, el Frente Republicano guatemalteco volvió a llegar al poder, el país se remilitarizó. Volvieron los asesinatos de opositores, de campesinos, de jueces, de periodistas. De cualquiera que osara denunciar la impunidad de todos los crímenes de los jerarcas y de su instinto de muerte y de saqueo. En el país en el que los niños morían de hambre y los adultos en miserables hospitales desabastecidos, el genocida y su estirpe buscaban y encontraban las formas de perpetuarse en el poder, de enriquecerse aún más, con todo el país de nuevo bajo la bota de una auténtica “mafia corporativa”.— Entonces insistía Ton, ¿Viste al monstruo de Guatemala o no lo viste?— Sí, hermano. Sí lo he visto pensé en voz alta. Es astuto como una hiena- y frío como el hielo. Es corrupto, viejo y oscuro como la misma muerte y sus uñas están manchadas de Sangre Sí, si he visto el monstruo de Guatemala -añadí con la mirada perdida- es el peor de los monstruos que jamás hemos visto te lo aseguro. El peor. En toda nuestra vida.
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